Cerco de lumbre
Comparten etimología hoguera y hogar, el hogar es estancia en torno al fuego. En torno al fuego se agrupa la tribu, para que puedan los ancianos narrar su historia. Los mitos son encantos que lanzamos sobre la realidad, nuestra conciencia es un accidente evolutivo que supone una pesada carga: el mito es caritativo, protege la psique como unas gafas de sol contra el eclipse. Los sabios, en origen siempre los ancianos, ofrecen palabras de consuelo, que el mito recopila y dota de sentido. La tribu necesita saber, explicarse de dónde viene pero sobre todo cómo es que logra perseverar frente a un entorno hostil. Los muros de la tribu delimitan el hogar de sus mitos y ancestros: la protección del perímetro es, por cierto, una de las tareas masculinas fundamentales. Pero la mejor argamasa para los muros son aquellos muertos que alguna vez contuvieran. Dónde se encuentra entonces tu hogar, ¿allí en donde habitan tus muertos? El pomerium disputaría tal extremo.
Geometrías liminales
Los hombres dictan la tradición, las mujeres la custodian: preservación del fuego antes que veneración de las cenizas. Y nunca el fuego prendió en cualquier parte, precisamente su importancia ritual obliga a cobijarlo. Del castro a la arquitectura zoroastriana desembocando en el Panteón de Agripa, probablemente el más bello edificio jamás erigido por el hombre: belleza simple y eterna de trazar círculos en la arena. Suerte de arquitectura uterina, ombligo del mundo previo a todo muro o avenida: existe un hogar mientras exista un lugar de reunión en que los mitos de la tribu aún tengan sentido. Descendemos de los habitantes de los círculos, antes de arquitecturas palaciegas o de la casalarga se tendió a la disposición circular, a la choza o su conjunto, anatolio o estepario. El hogar es sede del acervo colectivo, al cual se regresa cuando arrecia la tormenta, salvo que la ventisca haya borrado las huellas al paso de montaña.
Porteadores de caminos
Puesto que la gran mayoría de las personas carece de la consistencia de carácter necesaria para pensar la tradición hasta sus últimas consecuencias, los hogares incorporan acomodadores: padres de familia o sacerdotis (dadores de lo sagrado) tribales, a quienes confiar jerarquías de poder y de sentido. Figuras de autoridad, correas de transmisión que comunican los simbolismos presentes en lo espacial. Encarnan el cruce entre pasado y futuro, arraigo y trascendencia, la cripta frente a la cúpula, telúrico o celeste. A cada tipología social corresponderá determinada organización del espacio, tribal o familiar. Despreciadas las funciones sociales de aquellos acomodadores, decaerá la eficacia simbólica de sus recintos. Huérfanos de oficiadores de ritos, se lanzan hoy tantos a escarbar a fondo en sus problemas, en busca de causas últimas: época abocada a la neurosis la que invite a combatir, en alarde gnóstico, el desasosiego mediante la sola fuerza de la razón.
The center cannot hold
En ausencia de palabras efectivas de consuelo, deja de sentirse el calor del hogar. Poco a poco, caen en el olvido las viejas costumbres1. Si la socialidad humana es una geometría, tiene un centro pero también un perímetro, no habrá civilización planetaria capaz de producir un hogar. A decir de Leopardi, el patriotismo anima una cierta dosis de hostilidad. Todo hogar es recetario práctico de vida: compras sobre plano costumbres de las cuales desconoces origen o fundamento. A no ser que dejen de probarse eficaces, en cuyo caso comienza la larga marcha de vuelta al hogar: constante viaje de Aquiles, adentrarse en lo desconocido en busca de lo familiar perdido2. No es un problema nuevo, ni exclusivamente contemporáneo: las capas cultas de la sociedad romana lamentaban una pérdida de adherencia a las creencias tradicionales, que tampoco ellas eran ya capaces de sostener3. Así, arrojados al mundo, condenados a vagar nunca estamos en casa.
Diálogo de sordos
En ausencia de hogar, que es mucho más que ausencia de vivienda, no se tienen hijos. Nadie está dispuesto a morir por un engendro de derechos, salvo que sean resultado de una patria. La socialización secundaria, tal como la que se pretende a través de la escuela, no puede sustituir la fuerza orgánica de la costumbre. Por lo demás, una escuela embrollo de costumbres de distinta procedencia no podrá responder a por qué resulta relevante conocer las Coplas de Manrique. Cualquier cultura le canta a la muerte, por qué no estudiar poesía persa en su lugar. Sangre de la alianza nueva y eterna que no parece al caer, en su lugar tenemos creciente dosis de ingeniería social. La conocida casalarga ibérica4 se conjura contra toda independencia de criterio: aunque grandes el hambre de arraigo y trascendencia, seguimos a la espera de cocinero que recuerde cómo hacer tan improbable guiso. Lealtad étnica y racismo no son equivalentes, por más que a algunos ya no quite el sueño tampoco, visto el régimen biopolítico resultante del antirracismo: cierta reyerta entre paralíticos morales.

Gehlen gustaba de aquella vieja fórmula nietzscheana, la de ser humano como animal no fijado: por hacer, carente de un propósito que debe aprender a procurarse. Razón de ser de la institución, se barruntaba. Ahora bien: las instituciones deben hacerse carne para resultar eficaces, ritualizándose. Por eso se procura el extranjero espacios que le sirvan de sede a su acervo particular: es el hogar espacio tan físico como simbólico.
A decir de Agamben, por melancolía cabe entender la sensación de pérdida de aquello que en realidad nunca nos habíamos apropiado. Bajo el Monte Penteli se esconde una vieja cueva, en la cual se hallaron grabados a deidades de la Grecia ya clásica. Aquella regresión cavernícola fascinaba a Mumford: no en vano, incrustada en la gruta resiste hoy día el esqueleto de una diminuta iglesia. Lo sé porque tuve ocasión de visitarla.
Así parece intuirlo Varrón.
Cuanta más veneración temerosa de Dios hacia la mujer, más oprimida resultaría ésta: hemos olvidado el tipo de relación divina cazador/presa que Altamira atestigua.


Parece ser que en griego antiguo se utilizaba el término epiestía (“en torno al hogar” o “en torno a la hoguera”) como uno de los nombres para referirse a la familia (además de otros como oikos y genos). En La ciudad antigua, Fustel de Coulanges afirma que en cada hogar heleno había siempre un fuego encendido que era cuidado por el jefe de la casa. La extinción del fuego era sinónimo de la extinción del hogar y, por tanto, de la familia. La veneración del fuego era, por tanto, correlativa a la veneración del hogar. El culto al fuego sagrado tenía como primera invocación el hogar, así en Gracia como en Roma (adoración a Hestia/Vesta: personificación del hogar y del fuego sagrado).
Según cuenta una anécdota transmitida por Aristóteles, Heráclito, que se estaba calentando junto a un horno, invitó a unos extraños que querían conocerlo a que pasarán junto a él, “pues también aquí hacen acto de presencia los dioses”. Esta anécdota fue retomada por Heidegger en la Carta sobre el humanismo para referirse al pensar sobre lo cotidiano. Además del hogar procurado por la hoguera, encontramos también el hogar propiciado por el calor de la palabra que se transmite.
La degradación de los ritos se constata de forma evidente en la degradación del rito de paso por excelencia, el rito fúnebre. No recuerdo dónde leía a Jünger mostrar una veneración absoluta por el rito funerario de la inhumación. Fustel de Coulanges afirmaba también que griegos y romanos (ramas de la raza indoeuropea), ajenos a los ritos funerarios orientales (que suponían una separación radical alma/cuerpo), creían firmemente que los muertos reposaban bajo la tierra, manteniéndose la unión entre el alma y el cuerpo. Estas creencias iban acompañadas de un ceremonial que implicaba la inhumación, forma prototípica de procurar descanso eterno a los muertos de muchos de los pueblos europeos. El incumplimiento del rito provocaba que el alma vagara errante atormentando a los vivos hasta que se le diera debida sepultura. Cualquier intento de instauración de elementos sagrados o cultuales pasan por revitalizar, entre otros muchos, los ritos fúnebres.
En cuanto al “cocinero que recuerde cómo hacer tan improbable guiso”, tiene Eugenio Frutos un escrito muy breve llamado La interpretación existencial del Estado en Heidegger. Ahí, tomando unas palabras de Waehlens, se dice que “el forjador de Estados pone frente a frente las fuerza ciegas y brutas de la evolución de los pueblos, con una forma inteligible, que intenta imponerles. De este conflicto nace un estado y una verdad política, obra por la cual y en la cual se manifiestan y revelan como un relámpago -y por el tiempo del relámpago- las fuerzas oscuras e indómitas de un pueblo o de una raza”. Se dice también que “Los hombres no son existentes del mismo tipo que cada hombre individualmente considerado, ni tampoco suma de hombres individuales, sino agrupaciones determinadas por su modo natural de convivencia, que antes de estructurarse en cualquier forma de Estado, por primitiva que esta sea, no se manifestaría sino como inclinaciones, impulsos a convivir, a desarrollarse la natural solicitud, esto es, fuerzas oscuras de la sangre, fondo del Estado”. El forjador de Estados que está por venir (sea un caudillo, un dictador, un príncipe…) y las élites que le acompañen deben concentrar en sí, transmutándolas, esas fuerzas oscuras e indómitas, forjando ritos allí dónde hoy sólo hay cáscaras vacías.
El edificio más bonito es mi casa cada vez que hay felicidad dentro.